Smartphone modular: historia, ventajas y por qué no despega

Última actualización: 05/04/2026
  • Los smartphones modulares nacen para combatir la obsolescencia programada y reducir residuos electrónicos mediante móviles reparables y actualizables por piezas.
  • Proyectos como Modu, Project Ara, LG G5, Moto Mods o Essential Phone fracasaron por complejidad técnica, falta de interés masivo y escaso apoyo comercial.
  • Iniciativas como Fairphone y Shiftphone mantienen viva la modularidad con enfoque ético, aunque asumen compromisos en diseño, potencia y popularidad.
  • Las regulaciones sobre derecho a reparar y nuevos conceptos modulares apuntan a móviles más reparables, aunque el modelo unibody sigue dominando el mercado.

smartphone modular

Los smartphones modulares llevan más de una década rondando la industria como esa gran idea que nunca termina de despegar. Hubo un tiempo en el que parecía que todos los grandes querían sumarse a esta revolución: Google, LG, Motorola, pequeños fabricantes europeos… y hasta proyectos conceptuales que arrasaban en redes sociales.

Sin embargo, con los años, la realidad ha sido bastante más tozuda: casi todos los intentos comerciales de móvil modular han acabado en fracaso, mientras los smartphones clásicos, cerrados y difíciles de reparar, han seguido reinando sin discusión. Aun así, el concepto no ha muerto, y en 2025 vuelve a sonar con fuerza gracias a la sostenibilidad, el “derecho a reparar” y algunos fabricantes que se resisten a tirar la toalla.

Qué es un smartphone modular y por qué generó tanta expectación

Un móvil modular es, básicamente, un teléfono construido a partir de módulos independientes que se pueden cambiar o actualizar: cámara, batería, pantalla, altavoces, conectores, placa base… La idea recuerda a un PC de sobremesa, donde puedes reemplazar la tarjeta gráfica o ampliar la RAM sin cambiar todo el equipo.

Durante la década pasada, este planteamiento se vio como la gran respuesta a la obsolescencia programada en los smartphones, ese modelo en el que el móvil parece estar pensado para durar tres o cuatro años como mucho. Muchos usuarios se hartaron de tener que soltar 500, 800 o más euros cada pocos años por un dispositivo que, en el fondo, seguía haciendo casi lo mismo.

En ese contexto nacieron propuestas que prometían que, cuando tu batería se degradase o tu cámara se quedase corta, bastaría con cambiar ese módulo concreto en cuestión de minutos, sin herramientas complejas y sin necesidad de pasar por un servicio técnico oficial. Para quienes se preocupan por alargar la vida útil del móvil, la sostenibilidad o el “hazlo tú mismo”, sonaba a auténtica salvación.

Esa promesa inicial también incluía la posibilidad de crear el “móvil perfecto” a la carta: más autonomía, mejor cámara, más almacenamiento o mejores altavoces según las necesidades de cada usuario en cada momento, sin pagar por cosas que no necesitara.

Obsolescencia programada, residuos electrónicos y sostenibilidad

Buena parte del encanto del móvil modular está en su potencial para mitigar los efectos de la obsolescencia programada y el crecimiento salvaje de los residuos electrónicos. El término obsolescencia programada se popularizó hace décadas y hace referencia a productos diseñados, en la práctica, para ser sustituidos antes de lo que sería técnicamente necesario.

En el caso de los teléfonos, esto se traduce en que muchos usuarios cambian de móvil cuando se estropea la batería, la pantalla o la tapa trasera, es decir, piezas sometidas al mayor desgaste y que suelen ser caras de reparar por mano de obra, no tanto por el coste real del componente. A menudo sale casi igual o más barato comprar un móvil nuevo que repararlo.

Este ciclo de uso rápido y reemplazo constante, empujado tanto por las modas como por decisiones de diseño poco favorables a la reparación, dispara la generación de basura electrónica. Y el problema no es solo lo que tiramos, sino todo lo que hace falta para fabricar cada dispositivo: minería de minerales (muchos de ellos de conflicto), consumo de energía, degradación de suelos, emisiones…

Los smartphones modulares se plantean como una alternativa más ética y sostenible: al ser fáciles de reparar y actualizables por piezas, podrían mantenerse en uso bastantes más años. Esto reduciría la necesidad de fabricar tantos terminales nuevos y bajaría la cantidad de chatarra electrónica generada por móviles que, en muchos casos, aún podrían seguir funcionando con un par de cambios de componentes.

Ahora bien, incluso en proyectos con fuerte discurso ético, no siempre es sencillo garantizar el origen responsable de todas las materias primas. La trazabilidad completa de la cadena de suministro (desde la mina hasta la placa del móvil) sigue siendo uno de los grandes retos de la electrónica de consumo.

Los primeros intentos: Modu y Phonebloks

Antes de que los gigantes tecnológicos se lanzasen al barro, ya hubo pioneros. Uno de los primeros fue Modu Phone, un móvil modular israelí que se comercializó en 2009 y que incluso entró en el Guinness de los Récords como el teléfono de mano más ligero del mundo.

Modu apostaba por un concepto de “chaquetas” o carcasas intercambiables que añadían funciones al pequeño teléfono base: había módulos-jacket con GPS, cámara, reproductor MP3 o teclado físico. El kit de inicio costaba alrededor de 125 dólares y traía, entre otras cosas, un reproductor musical y 2 GB de memoria interna.

Pese a lo interesante de la propuesta, la empresa se metió en problemas económicos y en 2011 tuvo que cerrar sus operaciones por deudas. Poco después, Google compró sus patentes de telefonía modular por algo menos de cinco millones de dólares, lo que allanó el camino para su propio experimento.

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En paralelo, en 2013 apareció otro hito: Phonebloks, un concepto viral de smartphone modular ideado por el diseñador holandés Dave Hakkens. No llegó a fabricarse, pero su vídeo se convirtió en un fenómeno en internet.

Phonebloks imaginaba un móvil formado por bloques desmontables que se conectaban a una base mediante pines, permitiendo cambiar piezas como quien cambia ladrillos de Lego. Con dos pequeños tornillos se fijaba el conjunto, y cada usuario podía montar su combinación ideal de cámara, memoria, procesador, batería, etc.

Google Project Ara: el intento más ambicioso

Inspirándose en Phonebloks y aprovechando las patentes de Modu, Google lanzó en 2013 su proyecto más ambicioso en este ámbito: Project Ara, el móvil modular oficial de Google. El desarrollo recayó inicialmente en el equipo de Advanced Technology and Projects (ATAP) de Motorola, que por entonces pertenecía a Google.

La idea era que Google (o Motorola) fabricase el llamado “Endo” o endoesqueleto metálico, una especie de chasis base sobre el que terceros podrían ofrecer módulos de todo tipo: pantallas, baterías, cámaras, almacenamiento, altavoces, conectividad… Todo ello acoplado mediante un sistema de imanes y latches electropermanentes, con soporte para intercambiar algunos módulos en caliente.

En su concepción original, casi todo el teléfono iba a ser cambiable y actualizable por el usuario, incluida la pantalla y el procesador. Con el tiempo, el equipo tuvo que ir recortando ambiciones por limitaciones técnicas, pero el proyecto seguía siendo un soplo de aire fresco para la industria.

Su objetivo declarado era que, en lugar de tirar el móvil por completo al primer problema serio, los usuarios pudieran repararlo y extender su vida útil reemplazando solo los módulos necesarios. Además de reducir residuos, Ara planteaba módulos especializados, como uno de WiFi reforzado para asegurar buena señal independientemente del operador.

Incluso se habló de kits de inicio muy económicos, con un precio orientativo de unos 50 dólares para un pack básico que incluía endoesqueleto, CPU, batería, pantalla y módulo de WiFi. Sobre el papel, era un sueño para la personalización y la sostenibilidad.

Pero la realidad terminó imponiéndose: la complejidad técnica, los costes de desarrollo y la falta de apoyo de las operadoras fueron minando el proyecto. En 2016, tras varios años de prototipos y demos, Google decidió cancelarlo. Algunos conceptos sobrevivieron de forma descafeinada en los Moto Mods de Motorola, pero el Ara completo nunca vio la luz.

Uno de los grandes problemas de fondo es que la mayoría de usuarios no tiene interés en entender el funcionamiento interno de su teléfono (procesador, RAM, buses de datos…) para tomar decisiones de compra de módulos. Además, el ritmo de avance del hardware implicaba que los módulos “viejos” se quedarían anticuados muy rápido, lo que incluso podía generar más desechos si se cambiaban módulos con demasiada frecuencia.

LG G5, Moto Z, Essential Phone y otros experimentos modulares

Mientras Google peleaba con Ara, varios fabricantes de móviles Android decidieron probar sus propias versiones de modularidad, con resultados desiguales. Uno de los casos más llamativos fue el LG G5, un flagship de 2016 que apostó por un diseño modular parcial.

LG venía de éxitos como el G2 y el G3, pero su trayectoria empezó a torcerse con el G4. Para recuperar la magia, se atrevió con un sistema en el que la parte inferior del teléfono se extraía para colocar módulos llamados por la marca “Friends”. Había módulos de audio con DAC y amplificador de alta calidad, un grip con batería extra y controles de cámara, e incluso alternativas de batería intercambiable rápida.

Pese a lo llamativo del planteamiento, las ventas no acompañaron. El público mayoritario no terminó de ver la gracia a los módulos y el G5 acabó siendo un batacazo financiero con pérdidas de cientos de millones de dólares para la división móvil de LG en el trimestre posterior a su lanzamiento. La marca no repitió la jugada, y pocos años después cerró por completo su negocio de smartphones.

En 2016 también apareció el Motorola Moto Z con su ecosistema de Moto Mods, probablemente el intento de modularidad que más lejos ha llegado comercialmente. Motorola, ya en manos de Lenovo pero con la experiencia de trabajar en Ara, desarrolló un sistema magnético con pines de conexión en la parte trasera del teléfono.

Los Moto Mods incluían desde baterías externas y altavoces JBL de gran calidad hasta módulos más exóticos como un proyector portátil o una cámara estilo compacta con zoom óptico 10x. La gracia del sistema es que era muy cómodo: acercabas el módulo a la trasera del Moto Z y se quedaba enganchado al instante.

A diferencia de otros experimentos, Motorola sí se tomó en serio este ecosistema y lo mantuvo durante varias generaciones de la familia Moto Z, con un total de siete modelos compatibles y módulos oficiales y de la comunidad (hubo incluso un prototipo de teclado físico deslizante creado por usuarios).

Al final, también este proyecto fue languideciendo. En 2019, con el Moto Z4, se dio por cerrada la etapa Moto Mods. Aunque su impacto en ventas fue limitado, este sistema fue el que más cerca estuvo de demostrar que la modularidad tenía un espacio real en el mercado, aunque fuera en un nicho.

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Otro nombre importante es el Essential Phone (PH-1), ideado por Andy Rubin, uno de los padres de Android. Su diseño minimalista y su Android casi puro llamaron mucho la atención, y en su trasera escondía un conector magnético para módulos. En los materiales promocionales se veía una cámara 360º acoplada, y más tarde llegó un módulo con DAC y jack de auriculares.

Pero las ventas del Essential PH-1 fueron flojas incluso tras fuertes rebajas de precio, y la empresa nunca llegó a construir un catálogo amplio de accesorios. Los planes para un Essential PH-2 se cancelaron, la compañía acabó cerrando y la marca terminó en manos de Nothing en 2021.

Fairphone y Shiftphone: modularidad al servicio de la ética

Mientras los gigantes jugueteaban con módulos principalmente para añadir funciones llamativas, en Europa surgieron proyectos con un enfoque radicalmente distinto. El más conocido es Fairphone, una empresa social con sede en Países Bajos cuyo objetivo es fabricar móviles con menor impacto ambiental y social.

El primer Fairphone llegó en 2013 y, a partir de la segunda generación, el diseño modular y la reparabilidad como valor central se convirtieron en su seña de identidad. Cada nueva versión (Fairphone 2, 3, 4, 5 y 6) ha mantenido ese enfoque: módulos de pantalla, cámara, batería extraíble, placas secundarias y flex cables accesibles con unos pocos tornillos.

Fairphone ha destacado especialmente por su política de actualizaciones de software muy prolongadas, algo que en Android solo se ve, en general, en proyectos muy contados. Se han comprometido a varios años de soporte para cada modelo, y en algunos casos han llegado a ofrecer hasta seis años de actualizaciones.

En el plano puramente modular, han vendido módulos de cámara mejorados para que los usuarios no tuviesen que comprar un móvil nuevo solo por querer mejores fotos. Cambiabas el módulo y listo. En términos de ventas, Fairphone sigue siendo una marca de nicho, pero ha ido creciendo: pasó de decenas de miles de unidades anuales a cifras de varios cientos de miles solo en Europa.

Según datos de la propia compañía, con el Fairphone 4 consiguieron aumentar la vida útil esperada del dispositivo hasta cinco o siete años, logrando reducciones cercanas al 30-40 % en impacto climático anualizado si el usuario alarga su uso en lugar de renovarlo pronto. Todo ello con componentes como el procesador Kryo 570 con 5G y sensores de cámara Sony bastante competentes.

No obstante, esta filosofía conlleva compromisos. Por ejemplo, en aspectos como la resistencia al agua, donde algunos modelos se quedan en certificaciones más modestas (IP54 en lugar de IP68), o en el diseño exterior, que prioriza la facilidad de desmontaje frente a la estética o la delgadez extrema a la que acostumbra la gama alta tradicional.

En Alemania, la empresa SHIFT ha seguido una ruta parecida con sus Shiftphone modulares. Desde el SHIFT4 lanzado en 2015 hasta el SHIFT6mq de 2020, y con un SHIFTphone 8 anunciado, han ofrecido terminales desmontables, con piezas de recambio y actualizaciones de hardware.

SHIFT se ha comprometido a mantener repuestos durante unos diez años para algunos modelos y facilita la reparación mediante tutoriales en vídeo en YouTube, además de ofrecer un servicio propio para quien no quiera hacerlo por su cuenta. Su volumen de negocio es modesto (menos de un millón anual), pero permanece como otra prueba de que esta filosofía tiene su pequeño público.

Eso sí, también han recibido críticas por la falta de transparencia total sobre el origen de algunos materiales y la ausencia de informes detallados de auditoría de sus proveedores, lo que muestra lo complicado que es mantener un estándar ético máximo en toda la cadena.

Limitaciones técnicas de los móviles modulares

Más allá de las cuestiones comerciales, hay un problema puramente técnico que pesa como una losa sobre los smartphones modulares: es muy difícil hacerlos tan compactos, rápidos y robustos como los móviles unibody convencionales.

Cuando separas un teléfono en módulos intercambiables, aumentan las distancias físicas entre componentes clave (CPU y NPUs, memoria, chips de comunicaciones, batería…), y eso afecta tanto al rendimiento como a la eficiencia energética. Cuanto más largo es el camino que tienen que recorrer los datos o la energía, más pérdidas y latencias aparecen.

Además, cada módulo necesita su propia carcasa, conectores y sistemas de protección, lo que añade volumen extra y hace el conjunto más grueso y pesado. Mientras tanto, los móviles tradicionales integran cada vez más elementos en un solo chip (SoC) y un único bloque compacto, logrando dispositivos finos, ligeros y con una autonomía muy optimizada.

Otra cuestión es la robustez. Un teléfono modular vive de la intercambiabilidad de sus piezas, pero cada conector que se abre y se cierra, cada módulo que se quita y se pone, añade posibilidades de fallo mecánico. Aunque se utilicen sistemas de anclaje avanzados, siempre habrá más puntos débiles que en un cuerpo sellado.

A esto se suma que muchos proyectos modulares recurren a componentes prefabricados de distintos proveedores que tienen que encajar entre sí. Por muy bien que se diseñe el estándar, es difícil lograr el nivel de integración y refinamiento que vemos en un smartphone de gama alta cerrado, donde todo está pensado milimétricamente para ese modelo concreto.

El contexto actual: derecho a reparar, fabricantes tradicionales y nuevos conceptos

En los últimos años, regulaciones como las europeas han empezado a apretar a los fabricantes para que faciliten el acceso a piezas de repuesto, manuales y periodos de soporte más largos. Esto ha provocado movimientos inesperados incluso en compañías muy celosas de su ecosistema cerrado.

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Apple, por ejemplo, ha lanzado programas para que el usuario pueda adquirir piezas originales y realizar algunas reparaciones por su cuenta sin perder la garantía, algo impensable hace no tanto. En paralelo, marcas como Samsung también han dado pasos en esa dirección.

Es cierto que muchos ven estas iniciativas como una reacción defensiva ante la presión regulatoria más que como un cambio profundo de mentalidad, y probablemente el cliente típico de estas marcas no coincide exactamente con el perfil de usuario entusiasta del móvil modular. Pero el resultado práctico es que reparar un móvil clásico empieza a ser algo menos complicado.

Al mismo tiempo, hay fabricantes asiáticos que vuelven a experimentar con conceptos modulares menos “radicales” pero muy llamativos. Un ejemplo reciente es un prototipo de Tecno que plantea un smartphone ultrafino con hasta ocho zonas traseras para acoplar módulos magnéticos: baterías adicionales, cámaras avanzadas, micrófonos, altavoces, accesorios de iluminación para selfies o incluso una antena externa para mejorar la señal.

Entre los módulos más espectaculares destaca un teleobjetivo que amplía el zoom óptico desde un rango nativo de 3,5x hasta 10x, e incluso un accesorio tipo empuñadura de cámara con zoom de 10x a 20x y estabilización óptica de imagen. Este accesorio se conecta de forma inalámbrica al teléfono, convirtiendo la pantalla en visor, y utiliza combinaciones de Wi-Fi, Bluetooth y ondas milimétricas para reducir la latencia.

En las demostraciones, el sistema funciona, aunque con cierto retardo en el visor atribuible, quizá, al entorno de pruebas. El prototipo es totalmente operativo —se puede navegar por apps y probar los módulos—, pero la propia marca admite que no hay todavía una hoja de ruta clara para convertirlo en producto de masas.

El mayor problema sigue siendo la practicidad: cargar con varios módulos individuales, algunos voluminosos y pesados como el teleobjetivo, no es precisamente cómodo para el día a día. Además, desarrollar y mantener todo un ecosistema de accesorios supone una inversión tremenda para el fabricante, y el usuario debe valorar si le compensa gastar más dinero en cada módulo.

No hay que olvidar que el mercado ha demostrado muchas veces que la mayoría de compradores prefiere un dispositivo completo y cerrado que funcione bien desde el primer día, antes que un sistema extensible que obliga a pensar en qué módulos comprar, llevar encima y combinar en cada momento.

Otros proyectos, ideas futuras y panorama real del mercado

A lo largo de estos años han ido apareciendo también otros nombres vinculados de una forma u otra a la idea de modularidad o reparabilidad elevada, como Librem 5 de Purism o los PinePhone de Pine64, más centrados en software libre y control del usuario, o el HMD Fusion, que busca facilitar reparaciones y cambios de componentes.

También se han registrado patentes curiosas, como una de Xiaomi que describe un móvil dividido en tres grandes bloques intercambiables: parte superior con cámaras, placa base y almacenamiento; módulo central para la batería; y bloque inferior con USB y altavoces. La idea sería poder actualizar o sustituir cada una de estas secciones sin cambiar todo el teléfono.

En paralelo, en el ámbito teórico se habla de futuros ecosistemas de módulos prestables o compartidos: por ejemplo, componentes muy caros y especializados —como cámaras de altísima resolución, micros de estudio o sensores ambientales— que se alquilan o prestan solo cuando se necesitan, evitando producir tantos ejemplares físicos.

Sin embargo, por ahora la realidad es que la mayoría de estas ideas se quedan en conceptos, prototipos de feria o productos muy de nicho. Los grandes operadores de telecomunicaciones, que ganan mucho con las renovaciones frecuentes y los planes de financiación, tampoco tienen incentivos fuertes para empujar móviles que se cambien menos.

El mercado masivo sigue premiando los ciclos de renovación cortos, las cámaras cada vez más espectaculares integradas en un cuerpo de cristal y metal, y el diseño fino por encima de la reparabilidad. La telefonía móvil es un sector donde lo intentan todos, pero ganan casi siempre los mismos, y de momento estos “ganadores” no ven en la modularidad un negocio suficientemente atractivo.

Aun así, los móviles modulares y reparables han dejado una huella clara: gracias a ellos, y a la presión social por reducir residuos, temas como el derecho a reparar y la durabilidad del hardware están hoy sobre la mesa. Puede que no veamos un Project Ara comercial, pero sí veremos, casi con total seguridad, teléfonos cada vez más fáciles de arreglar y con ciclos de soporte algo más largos.

Mirando todo este recorrido, desde Modu y Phonebloks hasta Fairphone, Moto Mods o los conceptos de Tecno, se aprecia que la modularidad ha sido una chispa creativa que ha empujado a replantear cómo usamos y cuánto tiempo conservamos nuestros móviles. Aunque el gran público siga eligiendo móviles cerrados y de usar “pocos años y cambiar”, la semilla de que un smartphone pueda durar más, repararse en casa y generar menos basura electrónica ya está plantada, y puede que en el futuro esa idea acabe influyendo mucho más de lo que parece en cómo se diseñan los teléfonos que llevamos en el bolsillo.

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