Cables submarinos: la red oculta que sostiene Internet

Última actualización: 24/05/2026
  • Los cables submarinos han evolucionado desde hilos de cobre aislados con gutapercha hasta sofisticados sistemas de fibra óptica con capacidades de decenas de terabits por segundo.
  • La red global actual transporta alrededor del 97-98% del tráfico de Internet, con grandes rutas en el Atlántico y el Pacífico y proyectos clave como MAREA o los enlaces entre la Península Ibérica y Brasil.
  • El despliegue y mantenimiento de estos cables exige barcos especializados, complejos estudios del lecho marino y reparaciones en superficie ante daños por anclas, pesca, fauna marina o terremotos.
  • La expansión hacia África, América Latina y regiones emergentes depende de consorcios público-privados que continúan extendiendo esta infraestructura crítica y silenciosa por todo el planeta.

Cable submarino de telecomunicaciones

Los cables submarinos son las auténticas autopistas ocultas de Internet, como explican nuestros reportajes de tecnología. Aunque todo el mundo hable de WiFi, 5G o satélites, casi todo lo que ves, lees o envías en la red viaja por gigantescos cordones de fibra óptica tendidos por el fondo de los océanos. Desde mediados del siglo XIX han ido evolucionando desde simples hilos de cobre para telégrafo hasta sofisticadas infraestructuras capaces de mover decenas de terabits por segundo entre continentes.

Hoy en día, estos cables unen Europa, América, África, Asia y Oceanía con un entramado que apenas percibimos, pero del que depende la economía mundial, el tráfico financiero, las videollamadas, las series en streaming o las redes sociales. Detrás hay una historia bastante épica: fracasos, innovaciones técnicas, barcos gigantescos, tiburones que muerden el cable y terremotos que lo rompen, además de una inversión brutal por parte de operadores, grandes tecnológicas y gobiernos.

De los primeros hilos de cobre a la revolución de la gutapercha

A mediados del siglo XIX, Europa y las zonas más pobladas de Estados Unidos ya estaban conectadas por redes de telegrafía eléctrica en tierra, pero quedaba un obstáculo enorme: el mar. Ingenieros como Wheatstone en Gran Bretaña o Morse en Estados Unidos imaginaron pronto la idea de unir continentes con cables bajo el agua, aunque la tecnología todavía no acompañaba.

Los primeros intentos de cables submarinos utilizaban conductores de cobre recubiertos de materiales aislantes poco fiables. El aislamiento fallaba, la cubierta mecánica no aguantaba las tensiones del tendido y los barcos disponibles tampoco estaban preparados para manejar grandes longitudes de cable en mar abierto, así que los proyectos iniciales se topaban con serias limitaciones.

El gran punto de inflexión llegó con la aparición de un nuevo material aislante: la gutapercha, una resina obtenida de árboles de Malasia. Presentada en 1843 y comercializada poco después por la “Gutta Percha Company”, permitía recubrir los hilos de cobre con una protección mucho más resistente al agua y con mejores propiedades dieléctricas. Esa mejora, unida al perfeccionamiento de los barcos de tendido, abrió de golpe la puerta a los primeros proyectos serios de cables submarinos.

En 1845 ya se hacían ensayos en Portsmouth con tramos de cable sumergidos, aunque sin la fiabilidad necesaria. No fue hasta 1851 cuando se consiguió una primera conexión estable: un cable entre Dover y Calais que comunicó Inglaterra con el continente europeo. A partir de ahí, el ritmo de despliegue se disparó.

Ese primer cable estaba formado por cuatro hilos de cobre de apenas 1,65 mm de diámetro, cada uno recubierto por dos capas de gutapercha. Los cuatro conductores se compactaron con cáñamo embreado y se protegieron exteriormente con una armadura de alambres de hierro galvanizado. Era una auténtica obra de artesanía industrial para la época, pero demostró que el concepto funcionaba.

Primeras conexiones submarinas y carrera global

Tras el éxito entre Dover y Calais, se inició un periodo muy intenso de tendidos de cables entre países e islas. Entre 1852 y 1854 se instalaron enlaces entre Gran Bretaña e Irlanda, Irlanda y Escocia, Gales e Irlanda, Córcega y Cerdeña, Suecia y Dinamarca, además de otros tramos más cortos que rara vez superaban las 25 millas náuticas.

Algunos de estos cables funcionaron razonablemente bien y otros dieron bastantes problemas, pero todos sirvieron para aprender sobre la resistencia de los materiales, las técnicas de tendido y las dificultades del fondo marino. Paralelamente, el Imperio británico, con sus posesiones de ultramar y su potencia naval, se colocó rápidamente a la cabeza: hacia mediados del siglo XX, aproximadamente la mitad de los cables del mundo habían sido fabricados por la compañía británica “Telegraph Construction and Maintenance Company”.

En 1854 se abordaron conexiones más ambiciosas como el enlace entre Italia y Córcega y Cerdeña, en 1857 la unión de la India con Ceilán (actual Sri Lanka) y en 1859 el cable que unió Tasmania con Australia. Mientras tanto, en Europa se consolidaban los enlaces con Bélgica y Holanda y se iban planificando rutas cada vez más largas y complejas.

Este clima de euforia tecnológica y fuerte interés comercial llevaría de forma natural al gran reto de la época: unir Europa y América a través del Atlántico. Era la gran prueba de fuego de la telegrafía submarina y el proyecto que lanzaría definitivamente la globalización de las comunicaciones.

Las empresas y los gobiernos veían en estas conexiones una forma de sincronizar políticamente el mundo occidental, mejorar el comercio y disponer de información en cuestión de horas en lugar de semanas. La noción de “mundo conectado” empezaba a tomar forma mucho antes de que nadie hablase de Internet.

El desafío transatlántico: intentos, fracasos y éxito final

El primer gran intento de tender un cable transatlántico de telegrafía llegó en 1857. Se fabricó un cable con un conductor central de siete hilos de cobre trenzados, recubiertos con tres capas de gutapercha. Ese núcleo de unos 12,2 mm de diámetro se envolvió con hilaza y cáñamo y se protegió con un blindaje de 18 cordones de hierro trenzado.

En total se construyeron unos 3.500 km de cable, que se embarcaron en el buque de guerra británico H.M.S. Agamemnon. El tendido comenzó el 7 de agosto de 1857 desde la costa oeste de Irlanda, pero a los diez días el cable se rompió a unas 2.000 brazas de profundidad, obligando a suspender el proyecto durante un año. La tecnología de la época estaba literalmente en el límite de lo posible.

Los siguientes intentos recurrieron a dos barcos que se encontraban en mitad del océano, empalmaban allí los tramos y cada uno ponía rumbo a su respectiva costa con su parte de cable. El primer ensayo siguiendo esta estrategia también falló por rotura, pero el segundo logró finalizar el tendido y permitió enviar los primeros mensajes, entre ellos una felicitación de la reina Victoria al presidente estadounidense James Buchanan. Aquella comunicación tardó 17 horas en transmitirse, pero fue un acontecimiento histórico.

El problema es que al mes de funcionar el cable sufrió una avería por sobretensión en la línea, lo que lo dejó inservible. Las dificultades técnicas, la falta de experiencia y las enormes inversiones económicas hicieron que muchos inversores se retirasen del proyecto. Sin embargo, figuras como el estadounidense Cyrus West Field y el irlandés William Thomson (futuro Lord Kelvin) mantuvieron viva la idea de unir sus dos naciones por mar.

En 1865 se lanzó un nuevo proyecto con un cable tres veces más grueso y de unos 3.700 km, esta vez utilizando el Great Eastern, el barco más grande de la época y el único capaz de almacenar tal cantidad de cable en sus bodegas. Aun así, surgieron defectos eléctricos y nuevas roturas durante el tendido, y el intento volvió a fracasar. No sería hasta 1866 cuando el Great Eastern consiguió por fin tender correctamente un cable entre Irlanda y Terranova, transmitiendo el primer mensaje el 27 de julio de ese año y marcando el inicio de una conexión transatlántica fiable.

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Expansión global y auge de los cables telegráficos

El éxito del cable de 1866 desató una auténtica carrera por extender cables submarinos por todo el mundo. En 1868 se instaló otro gran enlace que atravesaba el Atlántico y conectaba Irlanda con Canadá, optimizando la comunicación entre Estados Unidos y Gran Bretaña y reduciendo el tiempo de transmisión de días a unas pocas horas, frente al transporte en barco.

En 1869 se tendió el tercer cable transatlántico, esta vez entre Francia y Estados Unidos. Pocos años más tarde, en 1873, se instalaron los primeros cables internacionales que unían España con Francia e Inglaterra, y en 1874 se completó el primer cable del Atlántico Sur, enlazando Brasil con Europa. La red submarina empezaba a tejerse a escala planetaria.

Para 1855 ya se estimaba que había por lo menos una veintena de cables submarinos en servicio en distintas regiones del mundo, especialmente en el Mediterráneo y el mar Negro. Cada nuevo proyecto aportaba experiencia sobre tendido, mantenimiento y durabilidad, y permitía mejorar el diseño de los cables tanto en su parte eléctrica como en su recubrimiento mecánico.

Desde un punto de vista ideológico, estos cables supusieron la sincronización del mundo occidental entre grandes potencias y la primera materialización seria de un planeta interconectado. La telegrafía submarina redujo distancias, aceleró la circulación de información y sentó las bases de las futuras redes telefónicas y, con el tiempo, de la propia Internet.

Sin embargo, a mediados del siglo XX la telegrafía por cable empezó a quedar obsoleta. El desarrollo de la radio, la aparición de los satélites de telecomunicaciones a partir de los años 60 y, sobre todo, la llegada de nuevos cables coaxiales para telefonía marcaron el comienzo del declive de aquellos viejos cables telegráficos.

Problemas eléctricos y soluciones ingeniosas

Desde los primeros cables se comprobó que la transmisión de señales eléctricas bajo el mar no era nada sencilla. La combinación de gran longitud de los tendidos, capacitancia entre el conductor activo y la tierra y la calidad del aislamiento provocaba fuertes atenuaciones y deformaciones de las señales de telegrafía Morse.

En un sistema típico, el circuito incluía una batería, un transmisor (interruptor Morse), el conductor aislado, un receptor (a menudo un electroimán) y la tierra como retorno. Las exigencias mecánicas de los cables limitaban la sección del conductor y la tensión que podía soportar la cubierta aislante, de modo que la intensidad de corriente resultante era muy pequeña. Esto obligaba a usar receptores extremadamente sensibles.

Para reducir problemas se optó por transmitir los puntos y rayas de Morse mediante polaridades positiva y negativa de igual duración, manteniendo la tensión media del cable lo más estable posible y minimizando los efectos de carga y descarga capacitiva que distorsionaban las señales. Además, la tensión no se aplicaba directamente desde la batería, sino a través de un condensador, para evitar sobrecorrientes dañinas para el aislamiento.

Estos condicionantes impulsaron el desarrollo de dispositivos específicos como el galvanómetro de espejo. Consistía en una aguja imantada unida a un pequeño espejo suspendido en una bobina. Las microscópicas variaciones de corriente generaban un movimiento casi imperceptible, pero si se proyectaba un rayo de luz sobre el espejo, la reflexión se desplazaba sobre una pantalla situada a cierta distancia, haciendo visibles las oscilaciones. Era una recepción “a la vista” en lugar de acústica, sin registro automático, pero lo bastante sensible para trabajar con corrientes minúsculas.

La necesidad de resolver estas limitaciones técnicas favoreció también una mejor comprensión de los lechos marinos, la construcción de barcos especializados y el perfeccionamiento de las técnicas de reparación. Cada incidencia, cada rotura y cada fallo eléctrico se convertían en una lección para la siguiente generación de cables.

Del coaxial analógico a la fibra óptica submarina

El año 1956 marcó un hito y, al mismo tiempo, el principio del fin para los cables puramente telegráficos. En esa fecha se inauguró el primer gran cable submarino coaxial destinado a telefonía, aunque incluía una banda reservada para servicios telegráficos con unos 18 canales. Estos nuevos cables ofrecían capacidades mucho mayores para comunicaciones de voz y allanaron el camino a una nueva era.

Durante la década de los 60 se generalizaron los cables formados por pares coaxiales con multiplexación por división de frecuencia. Gracias a esta técnica, se podían transmitir simultáneamente entre 120 y 1.800 canales telefónicos analógicos en un único cable, lo cual era una barbaridad para la época y multiplicaba por mucho la capacidad de los antiguos cables telegráficos.

El salto verdaderamente revolucionario llegó en los años 80 del siglo XX con el despliegue de cables submarinos de fibra óptica. Aquí la multiplexación ya no se hacía por frecuencia de una señal eléctrica, sino por longitud de onda de la luz (WDM, Wavelength Division Multiplexing). En otras palabras, se utilizaban distintas longitudes de onda de emisores láser independientes circulando por la misma fibra, aumentando de forma espectacular el caudal transportado.

Gracias a esta tecnología, los cables submarinos actuales permiten la transmisión simultánea de enormes cantidades de señales digitales: voz, datos, televisión, Internet, servicios en la nube… con velocidades de transmisión que en los sistemas modernos alcanzan decenas de terabits por segundo, llegando teóricamente hasta el rango de los 1.000 Tbit/s en diseños muy avanzados.

Se suele poner como ejemplo una capacidad de unos 3.840 gigabits por segundo por cada hilo de fibra, equivalente a unos 102 discos DVD por segundo. Si un cable incorpora hasta ocho pares de fibras (16 hilos), es posible mover el contenido de alrededor de 1.700 DVDs cada segundo, lo que se traduce en más de 60 terabits por segundo de capacidad total, siempre dependiendo del diseño concreto.

Hitos clave: de TAT-8 a los experimentos con fibra

El primer gran cable transatlántico de fibra óptica fue el TAT-8, inaugurado en 1988, exactamente 130 años después de la primera unión entre Irlanda y Terranova con tecnología telegráfica. Este sistema fue desplegado por un consorcio de operadoras entre las que se encontraban AT&T, France Télécom y British Telecom, entre otras.

El TAT-8 ofrecía inicialmente una capacidad de unos 40.000 circuitos telefónicos simultáneos entre Francia, Estados Unidos y Reino Unido, un salto enorme en comparación con los cables coaxiales previos. Contaba con tres fibras ópticas: dos operativas y una de reserva, y costó en torno a 335 millones de dólares de la época. Permaneció en servicio hasta 2002, cuando fue retirado tras más de una década de operación.

Curiosamente, incluso este cable pionero tuvo que hacer frente a problemas causados por tiburones, que llegaban a morder el recubrimiento atraídos por los campos electromagnéticos, algo que también han sufrido otras operadoras como Telefónica en diferentes proyectos de fibra submarina.

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Un poco antes, en 1985, ya se había utilizado la fibra óptica de forma experimental en el cable OPTICAN-1, con el objetivo de probar la nueva tecnología y perfeccionar las técnicas de despliegue, operación y reparación. Este sistema fue posible gracias a un acuerdo entre Telefónica y AT&T para solventar carencias detectadas en el PENCAN-2, un cable que unía telefónicamente Santa Cruz de Tenerife con Las Palmas de Gran Canaria.

Este despliegue experimental supuso una inversión muy elevada, en el entorno de los 6.500 millones de dólares, pero permitió acumular experiencia valiosa que se aplicaría después en proyectos comerciales a gran escala, como los grandes enlaces trasatlánticos y las rutas de alta capacidad entre Europa, América y otras regiones.

Cables modernos: estructura, capas y protección

Los cables submarinos actuales no son tan monstruosos como uno podría imaginar. De hecho, suelen tener un grosor similar al de un brazo humano, más que suficiente para albergar las fibras en su interior y las capas de protección necesarias contra la presión, los impactos y el ambiente marino.

En zonas profundas, donde el riesgo de impacto con anclas o redes es muy bajo, se utilizan cables relativamente delgados, de unos 17 mm de diámetro, con un recubrimiento ligero. Cerca de la costa o en áreas con mucha actividad pesquera o de navegación, se emplean cables con refuerzo de acero mucho más robustos, diseñados para soportar abrasión y tracción.

Un cable típico de fibra óptica submarina se organiza en varias capas concéntricas. Suelen incluir un recubrimiento externo de polietileno, una cinta tipo Mylar, cables trenzados de acero para aportar resistencia mecánica, una barrera de aluminio contra el agua, una capa de policarbonato, un tubo de aluminio o cobre para contener presión y servir de conductor de alimentación, un relleno protector tipo Petroleum jelly (algo similar a la vaselina) para evitar la entrada de agua y, en el centro, las fibras ópticas propiamente dichas.

En muchos diseños, el mismo recubrimiento metálico interior se utiliza como conductor de cobre para alimentar los repetidores que se sitúan cada ciertos kilómetros a lo largo del cable. La cubierta exterior suele ser de tereftalato de polietileno u otros plásticos muy resistentes al medio marino, lo que garantiza la estanqueidad y la protección frente a agentes químicos.

Paradójicamente, cuanto mayor es la profundidad a la que se encuentra el cable, menor es la protección mecánica que necesita, ya que las probabilidades de impacto con anclas, redes de arrastre u otros elementos son mucho menores. En aguas poco profundas, en cambio, el blindaje con capas de acero es esencial para reducir la posibilidad de cortes.

Todo este diseño estructural se ha ido refinando para minimizar los problemas detectados en décadas anteriores, como el mordisqueo de la fauna marina, la corrosión o los daños por impacto, y permite que un cable pueda estar operativo muchos años antes de que se decida retirarlo y reciclar sus componentes.

Cómo se tienden los cables submarinos

El procedimiento de tendido de cables submarinos ha cambiado menos de lo que podría parecer. Se utilizan buques cableros especializados que navegan lentamente siguiendo la ruta previamente planificada mientras el cable se va desenrollando de enormes bobinas en sus bodegas y se deposita en el fondo marino.

Antes de iniciar el despliegue se lleva a cabo un estudio exhaustivo del lecho oceánico: batimetrías, cartografía de desniveles, análisis de zonas de riesgo y selección de rutas que eviten cañones submarinos o áreas de fuerte actividad sísmica. La topografía del fondo es muy irregular, con valles, montes y fosas profundas, lo que complica bastante elegir el trazado óptimo.

En aguas poco profundas o con potenciales riesgos (anclas, pesca de arrastre, instalaciones energéticas), se utiliza una especie de azada o arado de gran tamaño manejado por robots submarinos que abre un surco en el fondo marino. El cable se deposita en ese surco y queda posteriormente cubierto por sedimentos que las propias corrientes van moviendo, proporcionando una protección adicional.

En profundidades muy grandes, el cable se limita a quedar apoyado sobre el lecho, sin enterrarse, ya que el riesgo de impacto es prácticamente inexistente. En casos extremos, como en la fosa de Japón, existen cables situados a unos 8.000 metros de profundidad. En realidad, el cable necesario para llegar hasta allí tiene que ser significativamente más largo que la profundidad vertical porque el barco se desplaza durante el tendido y el cable desciende con cierto ángulo, pudiendo requerirse hasta 16 km de longitud para cubrir esos 8.000 metros.

Cuando el tendido se hace desde puntos intermedios del océano, dos barcos pueden encontrarse en mitad del trayecto, empalmar sus tramos y luego dirigirse cada uno hacia su costa correspondiente, como se hizo en algunos de los primeros proyectos transatlánticos. Estos empalmes se realizan con técnicas muy precisas para garantizar la continuidad óptica y eléctrica.

La planificación es milimétrica porque cualquier error de cálculo, desviación en la ruta del barco o fallo de equipo puede suponer una rotura de cable a miles de metros de profundidad, lo que encarece enormemente la reparación y puede dejar fuera de servicio enlaces críticos entre países y continentes.

Fallos, reparaciones y amenazas para los cables

Cada año se producen del orden de 100 a 150 cortes de cables submarinos en todo el mundo por diferentes causas. La mayoría se concentran en zonas de poca profundidad y tráfico intenso de barcos, donde anclas y redes de arrastre pueden engancharlos y dañarlos.

La fauna marina también juega su papel. Algunos animales, como los tiburones, pueden llegar a morder el recubrimiento de los cables, aparentemente atraídos por los campos electromagnéticos que generan. Aunque los diseños actuales contemplan este problema con aislamientos mejorados, sigue siendo un factor a tener en cuenta, especialmente en ciertos tramos.

Otra amenaza importante son los terremotos submarinos. En 2006, un seísmo de magnitud 7,0 en la zona de Taiwán rompió ocho cables a la vez, provocando serias interrupciones de las comunicaciones en China y otros países de la región. Para repararlos fue necesario movilizar once barcos y se tardó 49 días en restaurar completamente el servicio.

La reparación de un cable a profundidades extremas es, en la práctica, inviable. Por eso, cuando se produce una avería se suele optar por recuperar los extremos dañados y trabajar en superficie. Se emplean robots submarinos o garfios especiales para localizar el tramo roto, engancharlo y subirlo a bordo de un buque cablero. Una vez a bordo, se cortan las partes dañadas, se hacen los empalmes necesarios y se vuelve a sumergir con cuidado.

No existen demasiados barcos dedicados específicamente a estas labores de mantenimiento y reparación, lo que complica la logística cuando se producen varias incidencias en poco tiempo o en zonas alejadas. Además, los cables en general no están protegidos legalmente de forma específica por los países, más allá de acuerdos internacionales y normativas genéricas, lo que los hace relativamente vulnerables a sabotajes o acciones negligentes.

Cables como sensores y sistemas de alerta temprana

La enorme extensión de la red de cables submarinos ha llevado a explorar usos adicionales más allá de la transmisión de datos. En la actualidad se están incorporando sistemas de reconocimiento de movimientos en el fondo oceánico, integrados en la propia infraestructura, para detectar posibles terremotos y fenómenos sísmicos que puedan dar lugar a tsunamis u otros desastres naturales.

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Como muchos de estos fenómenos se originan precisamente en las zonas donde discurren los cables, resulta especialmente útil poder detectar con rapidez deformaciones o vibraciones en la línea. El propio cable puede funcionar como sensor distribuido, permitiendo ganar un valioso margen de tiempo para emitir alertas y poner en marcha planes de emergencia en zonas costeras densamente pobladas.

Esta doble función, tanto como medio de comunicación como herramienta de monitorización geofísica, convierte a los cables submarinos en una infraestructura crítica multifuncional que va mucho más allá de lo que tradicionalmente se ha considerado. No solo sostienen Internet; también pueden ayudar a salvar vidas.

Además, al final de su vida útil, los cables no se dejan simplemente abandonados. Muchas veces se retiran para reciclar sus componentes (metales, plásticos, etc.) y reintroducirlos en el ciclo productivo, reduciendo el impacto ambiental y aprovechando materiales valiosos como el cobre o ciertas aleaciones especiales.

Grandes rutas actuales: Atlántico, Pacífico y conexiones regionales

Si se observa un mapa actualizado, como el que ofrece la firma de consultoría TeleGeography en su portal Submarine Cable Map, se ve claramente que las principales autopistas de datos submarinas se concentran en el Atlántico Norte y el Pacífico.

En el Atlántico, una densa red de cables parte de localidades de la costa Este de Estados Unidos, especialmente en Nueva Jersey y Virginia, y llega principalmente al oeste del Reino Unido, Francia, España y otros puntos de Europa occidental. Entre los propietarios de estos enlaces encontramos a grandes operadores como Verizon, Deutsche Telekom, Orange, Sprint, Vodafone, Level 3 o Tata Communications, entre muchos otros.

España juega un papel relevante como punto de entrada y salida de cables hacia África, América y el Mediterráneo. Muchos cables parten del sur de la Península y conectan con las Islas Canarias, Latinoamérica, el norte de África o el Mediterráneo oriental. Hay, por ejemplo, un cable tendido por Telefónica en 1994 para unir Cataluña con Baleares, otro de IslaLink que enlaza Palma con Valencia, además de un tramo que conecta Valencia con Algeciras, y consorcios entre Telefónica y Telecom Italia Sparkle para unir España con el norte de Italia.

En México, la mayor parte de las salidas de cables se sitúan en la costa este, desde Tulum y Cancún, atravesando el Golfo de México para llegar a Florida y otros puntos de Centroamérica y Sudamérica. En la costa oeste, Tijuana y Mazatlán se conectan a un cable de la multinacional Level 3 que une California con Costa Rica y Panamá, creando un corredor de alta capacidad a lo largo del Pacífico oriental.

La otra gran autopista de cables está en el Pacífico, conectando Estados Unidos con Japón, China, Taiwán o Corea del Sur. En estas rutas participan operadores tradicionales como NTT o Tata Communications, pero también gigantes tecnológicos como Google, Facebook (Meta), Amazon, Verizon, AT&T y consorcios de grandes telecos chinas, que invierten de forma directa en la infraestructura para garantizar la calidad de sus servicios en la nube.

Según distintas estimaciones, los cables submarinos transportan entre el 97% y el 98% del tráfico de Internet mundial. La comunicación vía satélite es muy útil para determinados usos, pero en capacidad bruta y latencia los cables siguen siendo imbatibles y son la columna vertebral de la red global.

MAREA y otros grandes proyectos recientes

Entre los proyectos más potentes de los últimos años destaca MAREA, el cable que conecta Virginia Beach (Estados Unidos) con Sopelana, en Vizcaya. Este sistema, operado por Telxius (Telefónica Infra), se ha convertido en uno de los cables de mayor capacidad transatlántica.

MAREA cuenta con unos 6.600 kilómetros de longitud y una capacidad de 200 Tbps, lo que lo sitúa entre los cables más potentes del mundo. Además, su ruta ofrece la latencia más baja entre la costa Este de Estados Unidos y el sur de Europa, convirtiéndose en un eje clave para el tráfico entre América y la península ibérica y, desde ahí, hacia África y el resto de Europa.

El diseño de MAREA es especialmente flexible y ha marcado un punto de inflexión en las comunicaciones transatlánticas. De hecho, proporciona una ruta alternativa a las conexiones tradicionales con el Reino Unido y el norte de Europa, reforzando la resiliencia de la red global ante posibles fallos o incidentes geopolíticos.

Además de MAREA, empresas como Google, Facebook o Microsoft han invertido en otros cables que conectan Virginia Beach con Bilbao o establecen rutas directas entre la Península Ibérica y Brasil sin pasar por Estados Unidos, como el cable impulsado por el consorcio hispano-brasileño Ellalink. Este tipo de proyectos diversifica las rutas y mejora tanto la capacidad como la latencia.

También se han anunciado conexiones nuevas entre Estados Unidos y Australia, con proyectos de más de 12.500 kilómetros de cable y presupuestos en torno a los 350 millones de dólares, pensados para mejorar la experiencia de los usuarios australianos al acceder a servicios alojados en centros de datos ubicados en Norteamérica.

Conectando África, América Latina y otras regiones emergentes

No todo el crecimiento de la red de cables se concentra en las rutas clásicas. Una parte muy relevante de las nuevas inversiones se dirige a mejorar la conectividad de regiones emergentes, especialmente en África y América Latina, reduciendo dependencias de rutas largas que pasan por Europa o Norteamérica.

Un ejemplo representativo es el despliegue de nuevos cables de fibra óptica que unen directamente Brasil con Angola. Al establecer rutas más cortas y directas entre Sudamérica y África, se reduce la latencia, se abaratan costes y se favorece el desarrollo digital de ambos continentes sin necesidad de que el tráfico “dé la vuelta” por Europa.

Paralelamente, diversos proyectos están llevando conexiones de alta capacidad a islas y regiones periféricas, mejorando la calidad de los servicios de Internet, telefonía móvil, televisión y aplicaciones en la nube. Estas infraestructuras son claves para cerrar la brecha digital y permitir la integración de estos territorios en la economía global.

La mayoría de estos cables se financian mediante consorcios público-privados en los que participan gobiernos, operadores de telecomunicaciones regionales, grandes empresas tecnológicas y entidades financieras. La complejidad técnica y la magnitud de la inversión hacen prácticamente imprescindible esta colaboración.

De fondo, la demanda no deja de crecer: más servicios de vídeo, más tráfico en la nube, más dispositivos conectados… Todo ello hace prever que la red de cables submarinos seguirá aumentando en densidad y capacidad durante los próximos años, extendiéndose a nuevas rutas y reforzando las existentes.

En definitiva, la historia de los cables submarinos recorre desde los primeros hilos de cobre recubiertos de gutapercha hasta las actuales fibras ópticas capaces de mover decenas de terabits por segundo, pasando por cables coaxiales, épicas travesías con el Great Eastern, experimentos pioneros como el TAT-8 o MAREA y complejas operaciones de reparación a miles de metros de profundidad. Aunque hablemos de satélites y redes móviles, la realidad es que tu conexión diaria depende de una inmensa y silenciosa red de cables que surca los fondos oceánicos, sujeta por una delicada combinación de ingeniería, cooperación internacional y una vigilancia constante frente a terremotos, anclas y mordiscos imprevistos.

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